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La nueva norma contra el tabaco: Reflexiones desde la práctica clínica diaria.
La nueva norma contra el tabaco: Reflexiones desde la práctica clínica diaria.
“Esto es un abuso”.
“Pues yo no pienso dejar que me impongan mi forma de vida”.
“En mi cafetería se va a poder seguir fumando, pase lo que pase”.
“A ver si ahora después nos van a prohibir respirar”…
“Si pudiera volver atrás dejaría de fumar hace muchos años”.
“Dígaselo a mis hijos: A ver si ahora a usted le hacen caso, viendo a su padre, cuando ya no tiene remedio”.
“Pero si dejo de fumar ahora, ¿recuperaré lo que he perdido de capacidad respiratoria o es demasiado tarde para mí?”
“¿Pero cómo es posible que yo tenga cáncer de pulmón, si jamás he fumado?”
Las primeras son algunas de las frases que hemos escuchado estas últimas semanas, tras la entrada en vigor de la nueva ley reguladora de consumo de tabaco (42/2010 de 30 de Diciembre).
Las segundas constituyen sólo una pequeña muestra de los lamentos que escuchamos a diario quienes tenemos la obligación profesional de atender a pacientes que sufren patologías relacionadas con el tabaco.
Reléalas con atención. Estoy seguro que comprenderá entones el sentido de la norma.
Que el tabaco mata es una evidencia científica. Indiscutible. Baste mencionar unas cifras: El consumo de tabaco origina un 10 % de las muertes en el mundo; ha causado 5,5 millones de muertes durante el año 2010 y se estima que acabará con 7 millones de personas en 2020 y 8 millones en 2030. En el siglo XX, 100 millones de personas murieron a causa del tabaco. Se prevé que el tabaco producirá la muerte de 1.000 millones de personas en el siglo XXI. El tabaco causa la muerte de entre un tercio y la mitad de quienes fuman y mueren un promedio de 15 años antes que las personas que no tienen ese hábito. Su uso terminará provocando la muerte de 250 millones de los adolescentes y niños actuales.
Y es obligación de todos, DE TODOS, luchar contra esta auténtica plaga. Y la nueva norma constituye un arma valiosa para combatir el consumo de tabaco. Más allá de argumentaciones fáciles y pseudolibertarias que pretenden enmascara con el humo de la demagogia la acuciante realidad.
Se esgrime el argumento de la libertad. Bien, hablemos de libertad. Pero prioricemos la de las personas que han decidido inhalar aire puro. Después la de los demás. Por ese orden. ¿O hablamos de la libertad para inducir a niños y niñas de 11 o12 años a comenzar a fumar a través de la publicidad? ¿O de la libertad de fumar en el trabajo delante de compañeras embarazadas o asmáticas?
La adicción al cigarrillo anula casi por completo la libertad del consumidor. Si hubiera alguna libertad de elección en la conducta de fumar no sería tan endemoniadamente difícil dejar el hábito: Dos de cada tres fumadores desean dejar de consumir tabaco y no lo consiguen, uno de cada tres hace al año al menos un intento serio de dejarlo, sin éxito. Sólo el 4% de los fumadores que lo intentan sin ayuda lo consiguen. Esos hechos tienen una sencilla explicación: la adicción a la nicotina. Y cuando hablamos de adicción a una sustancia la libertad individual desaparece del escenario.
Hemos asistido a diatribas por parte de las industrias tabaqueras, de los empresarios hosteleros y de los agentes sociales hablando de pérdidas económicas. Imagine por un momento las quejas de los empleados de una fábrica de bombas nucleares ante la pérdida de su puesto de trabajo…
Y si hablamos de economía, consideren que los fumadores en su conjunto pierden 14 años de vida, pero uno de cada cuatro fallece en edad productiva, perdiendo un promedio de 25 años. Es decir, hay pérdidas por bajas laborales e invalidez y no solo ahorro en pensiones por muertes prematuras. A pesar de que muchos fumadores fallecen en torno a la edad de jubilación, a lo largo de toda la vida el fumador promedio genera más gasto sanitario y social que el no fumador.
¿Sabían ustedes que una familia subsahariana dedica el 20% de sus ingresos a la compra de tabaco, restando dinero de alimentación, sanidad y enseñanza? ¿O que en los continentes asiáticos y africano las tasas de tabaquismo se están multiplicando paralelamente a su despegue económico? Quizá ellos no lo sepan, pero nosotros sí: Las tasas de mortalidad despegarán de igual manera, alrededor de veinte años después, como una siniestra sombra que persigue a ese negro hábito, tan bien aderezado por la industria tabaquera con un halo de glamurosa modernidad.
Pero volvamos finalmente a la norma. Y valoremos su aspecto principal: protección del no fumador. La evitación de inhalar humo tóxico involuntariamente. Amigo fumador: Usted está informado, conoce los efectos del tabaco. Haga uso de su libertad y decida. Pero si elige seguir fumando hágalo en un lugar donde no interfiera con la libertad de los no fumadores a respirar aire no viciado.
No es mucho pedir, ¿verdad?
Juan Carlos Padilla Estrada
Medico neumólogo






























